20.7.07

Un mirar es un mirar es un mirar es un mirar

Vuelvo a este diario olvidado. Vuelvo por obligación y no podía ser de otra forma.

Durante un año escribí aquí todo lo que me sucedía por haber llegado a Berlín. El estilo a menudo era críptico; muchos posts (así hay que llamarlos), ininteligibles. Dejé de publicar porque me empecé a sentir feliz. La felicidad vital y la inutilidad literaria son conceptos asombrosamente afines.

Ahora vuelvo para servir a mi gremio, los profesores de español. No voy a perpetrar un blog de reflexión docente porque de éstos está el mundo lleno. Lo único en lo que puedo extenderme es en los detalles cotidianos. No se me ocurre otra manera de aportar.

A partir de hoy me comprometo a sacar una foto por semana. El motivo de estas fotos serán elementos físicos que presenta Berlín y no presenta Madrid. Cada foto irá acompañada de una explicación: ¿por qué me ha llamado la atención?, ¿por qué este elemento cotidiano me cambia la vida?

Publicaré la imagen unos días antes de la explicación. La razón de este desfase es que quiero dar una oportunidad a los innúmeros lectores de esta bitácora de aventurar la diferencia, la relevancia, la insistencia de dicha imagen para un español en el extranjero. El que sepa usar en clase el material resultante, que lo use.

La primera imagen es de mi habitación.

7.10.06

Fair weather

Apenas cinco años después del 14 de octubre de 2006, afluyeron D, P y M al mismo bar de la Lützowplatz. D y P, que de aquella última vez recordaban la foto acharolada del fondo, pero no la efigie de Mao en el recuadro ni las placas de azogue del techo, se acodaron en la barra como solían en las pocas ocasiones en que los tres llegaban a coincidir. Ellos, más altos, de pie; M sentado entre medias, encorvado sobre la copa. De algún oscuro modo llevaban toda la vida repitiendo esta disposición relativa de sus cuerpos, adquirida en tascas madrileñas especializadas en patata brava y en las que palillos, servilletas y huesos de aceitunas terminaban por debajo de la barra y ahí seguían durante horas sin que ningún cliente alcanzara a escamarse, sumidos ellos en las estridentes conversaciones españolas que D, M y P habían aprendido a detestar en su colegio británico. No acababan, sin embargo, de acostumbrarse a estar los tres juntos en una coctelería con maderas nobles y pretensiones, a pesar de que cada uno por su lado contaba con una o dos de referencia en sus respectivas ciudades, a pesar de que D por fin se había convertido en un decoroso bebedor de whisky y M había dejado de mezclar mal los licores. No, no acababan de acoplarse, y por más que la barra de madera barnizada exhibiera tres untuosas copas, aún parecía que ellos tres estuvieran arremolinados ante una tapa de zarajo o torta del Casar.

Como siempre que habían coincidido en el extranjero, se cernía una expectación muy plácida sobre el contenido de su conversación. Más que quererse, en aquellas ocasiones se reverenciaban, convencidos de su incapacidad para aburrirse, aún repitiendo pensamientos de hacía quince años, tópicos de la época, proyectos descabellados. Por simple curiosidad , o quizá por miedo al tedio, P había traído la cinta con la grabación de una de las conversaciones de su último paso por Berlín, grabación que, de creerle –y le creían- llevaba cinco años sin escuchar. Ahora era el momento, ése el sitio.

¿Sabes cuándo supe que te irías de Madrid?, preguntaba M, ansioso ante el silencio, no tanto por su calidad de anfitrión sino por su inveterada fobia a callar.

D decía ya somos cuatro. No había perdido su peculiar arte de deslizar un tipo de comentario cortante pero amable.

A P se le sentía colocándose las gafas y en la lejanía de la grabación su voz sonaba más grave, como una piedra entre cristales.

En el bar se oyó un piano indolente y a los pocos segundos la voz de Chet Baker, cascado, más allá de la tristeza. Los tres conocían la canción y P paró la máquina para poder escucharla juntos, con la sospecha de estar siendo cursis pero la seguridad de que a M le gustaría recordarlo. M cayó en la cuenta de que el verso aquel, “Money doesn’t fit into the scheme of things”, había dejado de impresionarle, y se le ocurrió proponer cuando acabara el tema uno de los juegos de adivinación en los que se prodigaban desde el principio de sus transtierros. Lo descartó. Como si le hubiera leído el pensamiento, D les instó a columbrar cuál de todos los demás amigos se habría puesto a hablar durante la canción. Y de ahí, cuál de ellos habría fingido interés pero en realidad se habría aburrido; cuál…

En tres taxis diferentes volvieron a hoteles, mujeres, hijas.

10.1.06

Dos retratos de Edith Schiele

Es necesario (y justo) pormenorizar la mala sangre. Sus malditos renacimientos. He pasado la mayor parte de las últimas semanas en Madrid, en la casa paterna. Una tarde me estaba afanando en instalar entre dos paredes de ella una barra metálica. Después del segundo intento fallido solté un exabrupto audible (aquí, en plena línea, me da la duda: ¿lo hice para llamar la atención de mi madre?).

Ella, al poco, se plantó delante de mí e hizo algún comentario, tal vez sobre la improcedencia de la instalación. Sé que en ese momento su presencia me molestó recónditamente. Al marrar mi tercer intento de encajar aquel objeto, lancé una blasfemia mucho más clara y regodeada de lo normal, con todo el peso en la ese. Mi madre se giró a la velocidad del espanto y la oí desaparecer hacia el dormitorio con sus pequeños pasos y un principio de llanto.

Ahora es cuando el pensamiento paranoide me pierde: cuánto despellejo se evita viviendo lejos del nido; y multiplico: ¡cuánta mala sangre nos ahorraríamos los españoles apartándonos de nuestras familias!; y elevo al cubo: ¡lo bien que estaría la nación sin sus nacionales! En septiembre vi en París una exposición de Klimt, Kokoschka, Moser y Schiele. Klimt es el más conocido, seguro que en algún comercio venden ya mantelería o ropa de cama estampadas con detalles de obras suyas. Schiele, en cambio, se empieza a poner de moda, quizá, en parte, porque sus caras huesudas, sus cuerpos retorcidos, sus líneas duras se prestan menos al comercio, y el estómago colectivo está más maduro para digerirlo o verlo.

Aquella tarde me quedé pasmado ante el retrato de su mujer, Edith. Sin tener idea de pintura [esta estructura podría sugerir que tengo mucha idea de otras cosas], decidí interpretar que en esa obra de 1915 Schiele se había dejado embridar. Yo imaginé al artista luchando entre el estilo del resto de los cuadros y el amor a Edith, un amor que tal vez le impedía deformar el cuerpo de su mujer con la brillantez con la que había retorcido tantos otros, incluido el suyo propio. Tengo la postal, arrugada, junto a este teclado.

En la red puede encontrarse la reproducción de un dibujo del mismo año en que Schiele se retrata desnudo y sentado, con Edith abrazándose a su espalda: un abrazo de brazos y piernas, sobre el mismo fondo de siempre, es decir, una pared o una sábana o un vacío planos y sucios. El artista tapa o protege a la modelo. A quien ama.

Pero sólo ahora me percato de que yo mismo me he parapetado detrás de Schiele. Este artículo iba a titularse “Después de la blasfemia”: obedecía a la intención de escribir algo feo pero cierto, como en este caso las heridas que uno inflige cotidianamente a los seres queridos. Supongo que se terminarán viendo sus cuadros más que mis lamentos. Por hoy ya basta.

1.11.05

El genio alemán

Para lo bueno y también para lo terrible, los alemanes son gente muy seria. Aquí, detrás de un proyecto, hay una voluntad, un tipo que se sienta en silencio y no se mueve ni quita la vista de la hoja hasta que su idea está ultimada con hermética perfección. En verano acudí a una fiesta particular.

Era en una casa de la Falckensteinstrasse, cerca del metro de Schlesiches Tor (Kreuzberg, o sea), y se pedía a los invitados que llevaran alguna prenda blanca. Pensé que se trataba de un distintivo para que no se colara demasiada gente, atraída por el olor a salchichas del patio. Así me imaginaba yo una iniciativa comunal.

Al llegar había a la puerta dos niñas turcas de unos diez años cobrando una entrada simbólica; en el patio, un escenario donde tocaron contundentes grupos de rock del barrio; sobre el patio, luces cenitales de colores alternos colgadas del cuarto piso; puestos de comida turca hecha por vecinos del inmueble; un cuarto de baño cubicular del tipo que se usa en obras y conciertos que, lejos de obligar a uno a entrar de puntillas y conteniendo la respiración, se mantuvo inmaculado toda la noche.

Dentro del edificio, la fiesta se extendía a varios de los pisos, cada uno con su ambiente (en el sótano, pinchadiscos); en el rellano habían montado una barra de bar, con un tobogán de hielo para tragarse los licores. Los alemanes que ahí se presentaron no se habían conformado con ponerse una camisetita de rigor. De pies a cabeza iban tocados de blanco.

31.10.05

­­­­Las distancias (II)

­Me felicitó con su particular entusiasmo, tan poco propenso a abrir mucho los ojos o a mover demasiado la cabeza, con una contención que quizá yo también ejercía antes de mi primera psicoterapia. Quizá; sólo quizá: porque, ¿cómo era uno antes? ¿Le interesa en verdad a uno saber qué gestos prodigaba (antes de este hito o de aquel otro)? ¿Qué palabras, qué odios, qué devociones?

­­Más que felicitarme me identificó. La comparación entre un techo descascarillado y los párpados de las viejas actrices que me atreví a publicar en esta bitácora el pasado jueves 20: supo que al teclear yo la frase, me estaba acordando de La muerte en Beverly Hills, de Gimferrer, y añadí que también se me había cruzado la imagen de Vera Miles, sin detallarle en qué película, porque yo sabía que él sabría.

Me acordé de otros hermanos, Junco y Percha Fisher, intercambiando sus decepciones durante el concierto de Tindersticks en Benicàssim 2004, sabiendo que el otro sabía, cruzando gestos y opiniones codificadas que uno sólo puede esperar que conserven hasta los restos.

Con el teléfono en la mano y mi hermano aún al otro lado, desventrando desde Londres mi texto, empecé a saltar sobre el colchón, como hacíamos al llegar cada verano a un hotel.

27.10.05

­­­Las distancias (I)

­­­­Morini, Espinoza, Pelletier y Norton son profesores universitarios de literatura germánica, fascinados por la obra del escritor Archimboldi, al que nadie o casi nadie conoce. Las pistas les llevan hasta México, donde un tipo al que dicen El Cerdo afirma haberlo visto. Norton se pone en contacto con El Cerdo.

­­“-¿Cómo son sus ojos? -preguntó Norton.
­- Azules -dijo El Cerdo.
­­­- No, yo ya sé que son azules, he leído todos sus libros más de una vez, es imposible que no sean azules, quiero decir cómo eran, qué impresión le causaron a usted sus ojos.”

­­Tardé un mes o más en leer la novela de la que procede este extracto, 2666, de Roberto Bolaño. La llevaba en el bolso a todas partes: ha sido de esos libros que introducen el infinito en la rutina, que por entonces consistía en ver a mi gente de Madrid. A Antonia le leí este pasaje en un bar de Chamberí, su barrio, imprimiendo un tono de pasión o quizá demencia en las frases que arriba he reproducido con cursiva. Era invierno.

­­­Antonia corroboró que en literatura me siguen gustando estas cosas, y así me lo hizo saber: frases que pegan un salto y como por ensalmo desnudan. La adivinación. Luego me habló entusiasmada de The Plot Against America, de Philip Roth, y mientras discutíamos el mérito de incluir hechos históricos en las novelas pensé que volver a Madrid y comer algo como un zarajo vale la pena por estas charlas en las que alguien recoge las veleidades de uno y las sabe convertir a base de cultura e inteligencia en un tema de interés universal.

20.10.05

El Estatut a lo­ lejos

­­Una mañana de verano abrí la puerta de mi cuarto de baño y vi los escombros blancos. Algunos eran más largos o afilados pero ninguno superaba en grosor a las obleas eucarísticas: procedían del techo, del que se había desprendido la última capa de pintura. Sin ésta, arriba quedaba al descubierto un área azul pálido desfalleciente como los párpados de las viejas actrices.

­­Así pasó un tiempo en el que no importaban ni los escombros ni ese azul incierto; sobre el caucho negro del suelo, incluso me parecía que los escombros conformaban figuras entretenidas. Debí de convivir con este fraccionamiento o desmembramiento de la realidad cotidiana (si se admite la espantosa expresión) cerca de un mes. Hasta que un día cualquiera y sin motivo muy aparente, me harté y barrí.

­­Esta mañana he podido ver el recinto vacío, sin costra ninguna de pintura caída, ni libros, postales, objetos míos; tenía que dejárselo así al pintor que me han mandado los dueños. El espacio me ha parecido por un momento la nada, una nada a punto de hacer crac.

­­­­Paso por todas las sensaciones recién referidas al leer las entradas del blog de Arcadi Espada (www.arcadi.espasa.com) referentes al texto del actual proyecto de Estatuto para Cataluña.

17.10.05

En algunas cosas sí y en otras no

Voy al Oliva, en la Oranienburger, a comer tiramisú cuando me quiero regalar algo, o sólo a solucionar el trámite de la comida; ayer, ni por lo uno ni por lo otro. Ha venido la Bueno a quedarse en Berlín y ahí es donde la llevo, un sitio donde uno paga primero, se le dan las bebidas y un número y al rato se ve por el comedor (y en verano, en la terraza junto a la calle) a camareras desorientadas gritando cifras en alemán con acento italiano.

El camarero que nos cobró era hispanoamericano (su acento no lo supe ubicar y se me olvidó preguntarle) y nos había oído hablar en español. No recuerdo si le dije estar cansado, pero me preguntó si había dormido poco por las celebraciones. Qué celebraciones. Las del mundial de constructores. ¿Constructores?, pensé que de chalés adosados. Esta noche también ha ganado el mundial de constructores. ¿Quién?, y en esto tuvo que terciar la Bueno para aclararme que un español, la fórmula uno, los constructores.

Yo claro que lo sabía. Lo que no he adquirido ha sido la asociación inmediata entre constructores y bólidos, que medio país hace ya. Hace quince años, la imagen de millones de españoles delante de la televisión para tragarse la fórmula uno habría pegado con el humor de la película Amanece, que no es poco. Ni aún cuando contábamos con motociclistas mundiales (Carlos Cardús, el Crivillé, don Sito Pons, ooooh el grandísimo Nieto de las doce más una, ése sí que era un MOTOCICLISTA de órdago), ni aún con estas glorias nacionales estaba el patio así.

Como media hora más tarde, la recién llegada Bueno me insta a pedir disculpas a los colegas de Barcelona por mis desatenciones y me cuenta que el Valle o Nación de Arán pretende desvincularse de Cataluña. Aún no he intentado buscar en google la noticia porque así constato que esto es lo que llega de España. ¿Hemos cambiado tanto?

11.10.05

Volver (II)

En la actualidad, el problema no es de inflación, sino de paro y crecimiento.
- Robert Stiglitz, en entrevista a El País (2 de octubre de 2005)
¿Y qué hacía yo un domingo del pasado noviembre en aquel piso vacío de la Zossener Strasse, contigo y cinco más, Sandrucha?, supongo que prolongar y extremar la superstición espaciotemporal que trajo a tantos españoles con sus maletas hasta Berlín, la cuasicertidumbre de que aquí se encontraba espacio con suelo de madera y luz rebosante por menos de dos cincuenta al mes y la otra cuasicertidumbre de que aquí no costaba pararse y encontrar tiempo tanto como en España y en todos los sitios que ya conocías, ciudades jadeantes y como cojas de correr y crecer. Yo no es que necesitara un piso, Sandrucha, yo ya estaba aposentadísimo en mi cuarto con balcón a la Boxhagenerplatz y mis compañeros los eternos estudiantes, dos largos jóvenes que pasados los treinta y cinco seguían con melenas lacias e insuficientes, vestidos con camisetas parlanchinas tipo pornstar y siempre las manos en los bolsillos del vaquero, yo aquel noviembre lo que estaba era viendo pisos vacíos sin más, ni muerto me perdía una Wohnungbesichtigung, iba, veía el espacio, preguntaba por la calefacción y volvía a mirar el piso vacío, prolongando la cuasicertidumbre de que Berlín, cuando yo quisiera, me daría otro espacio que llenar de páginas y cosas y con suerte de algún sillón que alguien hubiera dejado en la calle, pero la Zossener no me interesaba, Sandra, esa zona sólo me ofrecía un plus de variedad étnica y por eso no iba a dejar yo Boxhagener y a los eternos jóvenes que pululaban por Friedrichshain. Lo que no recuerdo ahora, Sandra, porque los recuerdos saltan de chistera en chistera, es si ya en el patio, haciendo tiempo yo, tú y los otros cinco candidatos dominicales al piso, había reparado en tus leotardos (palabra que odias) a rayas moradas, horizontales y negras, sí sé que cuando al fin llegó la dueña subí las escaleras detrás de ti agachando la cabeza no fueras a pensar que, y lo demás no sé si ya se puede llamar historia, me desarmaste a mí y a todos con tu pregunta de los cuartos de baño en Alemania (¿la habrías hecho si la dueña no hubiera traído aquellos zapatos tan spiessig?) y más tarde sólo a mí con una expresión de premura que llevaba la palabra Socken. Nunca habría imaginado que terminarías en Mitte, en una casa de la Münzstrasse de ventanas esbeltas o estiradas, de visillos blancos y quirúrgicos, la casa que hoy no soportas y que hoy te escupe a la mía, vuelta de tu viaje y renegada de Berlín, el sitio donde el tiempo y el espacio para una vida nueva, para un espíritu nuevo, están a mano y baratos, pero tú, más que en el tiempo o el espacio pareces incrustada en tu adicción a las cuasicertidumbres, tú no deberías interrumpirte de esta manera, tú no deberías parar de ser.

10.10.05

­Volver (I)

No debería nadie parar de ser ni dar a la idea una moderada consideración ni aun entretenerse un minuto con ella, por mucho alivio y paz que prometa. Cuánta gente habrá que emprenda un viaje con esta secreta esperanza, la de suspender o aplazar su identidad o tal vez renunciar a ella, fiados a una gama de posibilidades que comprende las sombrías (el secuestro sufrido o fingido) y las más sonrosadas de enamorarse de un nativo y con él establecerse (recurrente fantasía de inglesas y de españolas) o por descuido apropiarse de las llaves y el equipaje y la vida del vecino de vuelo. No debería nadie ceder y quedarse en el viaje, porque incluso si uno recapacita y regresa estará condenado a una vida de fantasma en la que nunca le alcanzará el tiempo para dar razón de sus pasos, no ya a quien lo quiso en el origen y recordó en su ausencia y a la vuelta intenta recuperarlo, sino a sí mismo, porque es demasiado el desaforamiento de su fuero interno y son muy pocas las oportunidades de respirar y pensarse. Ella acababa de volver a Berlín y cuando entró en el piso de la Münzstrasse no se apresuró, contra su costumbre, a colocar la ropa limpia de la maleta entre la ropa limpia del armario, sino que se acercó a la mesa y pasó las páginas de su diario, maravillándose de no haber escrito nada en los últimos dos meses y decidiendo que durante este periodo había sido otra y feliz.

Esto hizo y esto pensó Sandra Jensen al volver ayer de París. Todo me lo dijo aquí, en casa, con la maleta recién abierta, entre un pantalón desdoblado y la falda negra de volantes.

22.7.05

Navidad en agosto

Cities at night, I feel, contain men who cry
in their sleep and then say Nothing.

- Martin Amis, The Information

Lo recordó mal. Era el comienzo de una novela de Martin Amis. Por la cabeza se le sucedían hombres que lloraban a solas delante del televisor, en la ducha, preparándose una tostada. Y ella los quería a todos. A todos a pesar de todo. La cita de Amis, que como mínimo contenía la imagen de varones en llanto, no se podía extender a tantos decorados ni seguramente a tantos hombres tan distintos como los que ella había conocido. A veces recordaba falso y lo sabía y le llegaba a gustar. Para alcanzar este grado de conciencia, el momento idóneo era al remeter la colcha por la mañana, con los párpados ya pintados y tiempo aún para llegar a la oficina. Al inclinarse sobre su cama y poder anticipar el aspecto pacífico que el dormitorio le ofrecería a la vuelta del trabajo, se evaporaban categorías sentimentales como las de mártir, terrorista o estranguladora, y cada hombre que le daba tiempo a recordar en esa operación de tensado y alisamiento tenía un peso propio, una mirada inequívoca y un ilimitado crédito de indulgencia. Otras veces recordaba falso pero sin saberlo: especialmente propicias resultaban la pausa del trabajo o la media hora de paseo después de la jornada. Lo habían sido en Londres y lo seguían siendo en Berlín; sentada con el sándwich de pavo y miel en un banco de las plazas de Temple y andando junto al paso elevado de Friedrichstrasse, donde aquella tarde de agosto una lluvia ansiosa la había sorprendido. En la entrada de la estación se cruzó con un grupo de niñas asiáticas de no más de diez años, vestidas con túnicas y relucientes de purpurina. Por uno de los pasillos habían montado una hilera de puestos para promocionar Vietnam. La paja que cubría cada puesto parecía artificial, o como mucho de una autenticidad similar a la de los retratos que salpican las paredes de algunos restaurantes italianos. Antes de probar un plato promocional de curry alcanzó a acordarse de tres o cuatro acciones pendientes pero no de un hombre concreto. Si lo hubiera hecho, probablemente habría tenido que figurarse pasando por campos sembrados de cadáveres y verdugos con tal de superar la pujanza del condimento asiático en el estómago. A pocos metros de ella, un vietnamita sujetaba un micrófono. La gente circulaba con gabardinas o sandalias o impermeables transparentes y el hombre del micrófono les ofrecía catar un plato recién cocinado. Era el momento de nublar los ojos, abstraer y recordar en términos de victoria y derrota. Cuando se daba cuenta de estos saltos, de los condolientes o justicieros o niveladores saltos que la memoria pegaba, su vida le recordaba penosas lecturas, párrafos por los que se pasa la vista tres veces seguidas sin captar una sola de las palabras que los componen, sin encontrar el hilo. No acertaba a leerse. Y entonces quién era ella. Qué era ella.

18.7.05

El Sopranillo

Lo vi en uno de los trenes más idóneos. Iba yo la mañana del sábado a dar un curso intensivo de fin de semana y había cogido la U1, la línea de metro que rasga Berlín de este a oeste por un paso elevado. Lo vi en otro vagón a través de una ventanilla que parecía temblar cuando el metro agarraba una curva.

Él llevaba un traje negro de rayas blancas, camisa con el mismo matiz de negro y una corbata rosa con un nudo doble Windsor o simplemente un nudo mal hecho, un nudo en todo caso muy genital, y el pelo chupado y la piel oscura y una bolsa de KaDeWe donde imaginé que ocultaba el silenciador.

Me consoló pensar que nadie se vestiría así para inmolarse por Alá en transporte público, pero luedo me di cuenta de que quería incluir a esta figura en la bitácora y naturalmente se me extravió la cabeza a la idea manida pero indudablemente necesaria de que Berlín parece reírse de todos los clichés y arquetipos, porque lo que en otras partes resulta serio u hortera o cutre aquí es irónico como un gorro de pescador empapado.

El Sopranillo se alejó, añoso y planchado como la ciudad pero con el mismo punto de bizarría.

15.7.05

Neíto

Una vez a la semana tengo el placer de dar clase a dos personas a las que quiero, una pareja amiga de Prenzlauer Berg. Hay que ir por la noche, porque sus hijos, de ocho meses y tres años, no se duermen hasta las ocho y media. A veces llego a su casa y todavía está el mayor, Neo, pululando y haciendo preguntas.

Le llamo Neíto y me cuesta seguirle cuando me habla en alemán y de repente me mete el dedo en el ojo. Cada vez que me ve, pregunta si le he traído una sorpresa, así que él es a quien doy las cartulinas de colores que me sobran de las clases. En español sabe ya decir “playa”. Su madre le habla en alemán de Hannover y su padre en francés de Bélgica.

La última vez le llevaba yo una pequeña postal y le saludé en español, concentrado como estaba en la clase de sus padres. Después de saludarle, seguí anunciándole que había traído una sorpresa para él (“una SOR PRE SA, Neíto”), y le enseñé la postal. Esta es una foto, Neíto. Von wem, dijo él, de quién.

Me había entendido. Y entendido me sentí: abarcado por el mundo del niño. Quise abrazarle y también llorar de duelo por juegos y juguetes. En vez de eso le contesté en español (le dije de quién), y en un segundo abismal el niño me miró muy dentro y empezó a reírse.

14.7.05

Dado (La vida secreta de las manos)

En una de mis fotos favoritas aparecemos cinco amigos de toda (toda) la vida en Lisboa, cerca de Belem, al lado del océano. Es invierno de 1999. Se sacó con la cámara de Percha, que entonces manejaba una película en blanco y negro. He escrito y me he guardado muchas cosas sobre esa foto en la que todos sonreímos como totalmente ajenos a lo que nos esperaba.

Sin embargo, entre ese grupo abigarrado de gente abrigada y oscura sobre fondo de piedra blanca se ven mucho mis manos, pequeñas y claras pero apretadas sobre el hombro de Aldo, agarrotadas como yo mismo en ese momento de la vida (seis meses después me marché a Barcelona). Este detalle me lo hizo notar Dado unos años después.

Mirar un detalle es el tipo de cosas que Dado y yo llevamos veintisiete años haciendo: a los cinco o seis jugábamos a los detectives en el patio y llevábamos en la mano una lupa. Desde entonces he visto las suyas escribiendo, dibujando, cogiendo estratosféricos rebotes, preparándonos desayunos en la cocina de Jonchaie.

En los últimos tiempos, la mano derecha de Dado repite un gesto que a mí me maravilla, un gesto corto pero que en Dado se percibe despacioso, porque lo hace con cariño, y con él nos pide que nos despreocupemos, que él se encargará de todo. Alguien que se prodiga en este gesto no sólo tiene que ser en esencia solvente, sino haber tenido la vida de un santo, o de un ángel. Es razonable inferirlo. Yo, y mucha gente, además, lo sabemos.

13.7.05

­­­­­Aquel primer verano en la calle Diputación

­­­­­­­­­Era japonesa y se había emperrado en hablar español igual de bien que su marido. Se habían conocido en Colombia, donde ella daba clase a los hijos de los directivos de una multinacional, porque allá donde montan la filial de una empresa, los japoneses, en rigurosa aplicación de la propiedad conmutativa, ponen una escuela y traen profesores y quién sabe qué más para satisfacer la demanda íntima.
­­­­­­
­­­­­­Pero su marido no. Su marido era japonés como todos pero estaba pululando por ahí, tocando la guitarra, vistiéndose con la ropa del lugar, hablando español. Ella deja entonces la escuela y corta los vínculos con su país. Se casan. A este período siempre se refería ella con la cláusula “cuando cambié mi pensamiento”.
­­­­
­­­­­­­Aquel verano recalaron en Barcelona y en la academia donde yo había empezado a hacer de profesor. Después de unos meses y de haber pasado por grupos en los que nunca se integraba, ella quiso una ­clase particular conmigo. La dábamos en el inmueble que la escuela tenía en la calle Diputación, a una hora y con una luz y una temperatura que sólo hacían chirriar­ los silencios de aquel piso antiguo y embaldosado.
­­­­­­
­­­­A los pocos días me pidió grabar nuestras sesiones para analizar sus errores por la noche y enmendarlos en la clase siguiente. Me negué de plano, aduciendo razones pedagógicas. Hoy no puedo evitar una cierta ¿admiración?, ¿envidia?, por la energía que aquella mujer gastaba para perseguir lo que estuviera persiguiendo.

12.7.05

Warhol y Proust

­Sucede que la historia de un amigo viene monopolizando mis pensamientos de los últimos meses. Las cosas que le han pasado, en cuanto que narración, son densas y están muy bien dibujadas, pero sería una patraña buscarles relación causal. ¿Por qué me ha condicionado tanto? Digamos que por mi adicción al drama, o por mi adicción al mimetismo, o digámosle falta de personalidad.
­
­­La cuestión es que me veo como aquel personaje de Por el camino de Swann, una mujer (¿era la criada Francisca?) capaz de preocuparse tan sólo de las desgracias ajenas y ajena a las propias, hasta el punto de que esta condolencia militante dicta no ya sus acciones, sino los sentimientos que las preceden. A diferencia de ella, yo me creo consciente de mi vida vicaria y preparado para exorcismos.
­
­­Estas últimas semanas he estado tocando las subordinadas temporales con mi grupo de los lunes. Entre las vivarachas ilustraciones del libro de texto vuelvo a entrever la historia de mi amigo. Decido resumirla en frases simples e.g. “ellos cortaron” (dos veces), “se volvió a su país” (también repetida), “empezaron a pelearse”, las recorto y mezclo y les pido de deberes que reconstruyan la secuencia en el orden que les parezca verosímil.
­­
­­Cinco o seis de ellos trajeron la historia a la semana siguiente: no había dos versiones iguales. Según las iban leyendo, se me representaba la vida de mi amigo (y buena parte de la mía reciente) como las composiciones que Warhol hizo de Marilyn o de la lata de sopa, un producto artístico a conciencia, yugulado de la realidad que le dio aliento, quizá como este mismo texto.

11.7.05

De color Berlín

otoño
la descarada palidez de las chicas de falda negra y calentadores de aeróbic morados o color berenjena
el naranja enfermo de un vagón de metro y su aire interior de sauna que se desdice
invierno
la burlona luz que irradian los cachivaches kitsch del mercadillo de Treptower Park
(y el ocre de polvo en los dedos al preguntar por su precio)
el blanco degradado, humillado y resignado de la nieve en Friesenstrasse, camino del Markthalle
primavera
los ofrecimientos azules del cielo de Kreuzberg, pobres como un hojaldre de la víspera que se vende hoy por la mitad
el horizonte al fin abierto, al fin horizonte, de la Gneisenaustrasse el cielo lanzándose sobre ella como un tigre del Schwarzwald
verano
la concienzuda claridad de las fachadas entre la lluvia intermitente de las diez de la tarde
el atardecer cobalto que embadurna la Fernsehturm vista desde el fatigado puente de Warschauerstrasse

7.7.05

Una ­­­­casa y otra

­Acabo de caer en ello: hace poco más de un año ­­­­­­que vivo solo. A la hora de recontarme la vida, solía tener muy presente, o muy a mano, la explicación de la vivienda. Decía a diestro y siniestro (supongo que subiendo las cejas y asintiendo a la vez con golpecitos de la cabeza), que con mi trabajo Berlín me permitía vivir solo y céntrico, a diferencia de España.

­A la hora de explicarme, hoy improviso. Todo tiene otra pinta. Mi primera casa no compartida respiraba entonces un aire monacal, el de una celda que yo barría en un silencio fresco y feliz. Blanca sin matices, de un blanco calmo y frugal que se extendía a todo. Las ventanas siempre claras y el suelo siempre limpio.

Poco más de un año después, en el piso no veo más que rincones. Cuando esto ocurre, suele surgir como primer síntoma la pereza de agacharse; y al poco, una mala conciencia paralela y pertinaz, la de no haber colgado los calendarios que me regalaron en diciembre, ni devuelto los libros a la biblioteca, la mala conciencia de las bolas de polvo y las ventanas que enseñan un sudor ya seco.

­¿Qué ha irrumpido en la casa? Quizá haya sido el tiempo, el solo concepto del tiempo, lo que hace que ahora distinga las partículas de polvo en la luz que me despierta cada mañana, luz que yo hace un año agradecía. Hoy, por cada una de esas partículas que acierto a ver, me figuro una existencia distinta, alternativa, y otras tantas casas.

4.7.05

Picado-contrapicado

Estoy orinando en un patio de Berlín detrás de una caravana, con la noche malva y el suelo crujiente de astillas gruesas y blandas. El pis parece dibujar un mapa en este lecho de maderas. Su sonido lo amortiguan los pequeños pasos que la lluvia está dando, tímida, es como si anduviera con hipidos, tímida sobre mi piel.

Ahora la cámara gira lentamente hacia arriba. Se detiene unos segundos en el famoso segundo piso del edificio, con sus rojoscuros y sus turistas sin aspecto de turistas apoyados en el balcón. Sigue hasta la galería superior, donde se mezcla la luz de los fluorescentes con los colores de los lienzos secos, hasta el último piso azul y violeta, hasta el cielo que he llamado malva.

El edificio semeja una gran máscara. Está amenazado de ruina. La luz de un verano húmedo transita suavemente sobre él. Hace unas horas estaba yo en el balcón de su último piso, como un falso turista, buscando algo o a alguien entre el desorden de abajo, entre bancos y mesas de madera, entre esculturas a medias y esculturas acabadas, y entre letras, letras gigantes y oxidadas que se desparraman por todo el patio.

Buscaba allí abajo una figura quieta: quieta en la leve lluvia y como ajena al mundo, y sólo al acabar este texto percibo que la figura era yo. Lo cual explica que mi vida se encuentre encrespada.

1.7.05

­Otros ojos

­­­­­­Pienso en otros ojos, míos a pesar de todo. Los ojos reptan y escalan la pared hasta perderse por un resquicio en busca de mi pasado. Salgo de la cama. La noche es inmensa (soy hombre). Abro la nevera y con otros ojos me pongo a oler los tarros. Uno de pesto y otro de curry; empezados pero intactos desde hace semanas.
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­­­Desde que descuidé la bitácora, más o menos. Decido que el curry y el pesto que he olido esta noche sean coetáneos, compañeros o culpables del abandono. Aún no están pasados. Tengo un olfato muy sensible para la descomposición. La leche agria. El sudor nervioso. O la tortilla que se pega. Tengo un buen olfato pero lo llamo otros ojos.
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­­­­Los ojos se han ido atrás, a zonas exentas de la bitácora. A partir de hoy escribiré el artículo del día y el de algún día pasado. Hoy, además de esto, remito a la fecha del 8­ de junio­, donde he incrustado la primera pieza de una serie que he titulado Fascinación; a razón de dos textos diarios, supongo que en algún momento de julio habré rellenado todos los baches de esta bitácora.
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­­­­Entonces quedará una opción: escribir el texto del día y reescribir los textos pasados. Los agrios, pegados y gomosos textos pasados. La bitácora devendrá serpiente que se muerde todo el cuerpo. Otros ojos, míos a pesar de todo, han salido a su caza.­